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En la exposición, el público puede contemplar hasta 52 pinturas del artista gijonés Alberto Ámez (1963), en las que recurre principalmente al paisaje, otorgando a la naturaleza un papel central. Bosques, páramos y aldeas bajo cielos vibrantes están poblados por figuras —arquetipos sencillos como el pintor santo, la pastora, el niño, el cordero, la maternidad o el durmiente— junto a sus dobles trascendentales.
